martes, 18 de julio de 2017

Una breve historia de la calle de Joaquín Costa


Nuestra tienda de periódicos antiguos se encuentra en el número 44 de la calle de Joaquín Costa, en el barrio del Raval de Barcelona. Esta arteria actualmente se caracteriza por tener una vida social y comercial muy intensa tanto de día como de noche, sobre todo después de su peatonalización y la apertura de nuevos establecimientos de ocio y comercio. A la luz del Sol existe una amplia oferta de tiendas singulares, bares y restaurantes, y bajo las estrellas numerosos locales para cenar y tomar una copa.
Esta calle, una de las más importantes del Raval, pese a ubicarse en el corazón del casco antiguo de Barcelona, tiene una historia relativamente reciente, pues fue abierta en el año 1819. Por aquél entonces fue bautizada con el nombre de Cuatro Estamentos, referido a los que integraban el Consejo de Ciento: la nobleza, el clero, la milicia y la menestralía. Pocos años después pasó a llamarse Rey Alfonso IV, dedicado al rey apodado “El Benigno” de Aragón, Valencia y Cerdeña, que también fue rey titular de Córcega y conde de Barcelona. Entonces la calle solo estaba abierta desde Peu de la Creu hasta Ferlandina, es decir, el tramo que actualmente es más estrecho.


En 1849 se bautizó como calle de Poniente, denominación debida al hecho de encontrarse geográficamente más hacia este punto con respecto al resto de calles de la antigua ciudad amurallada. El tramo comprendido entre la calle de Ferlandina hasta el final de la muralla que coincidía con la actual ronda de San Antonio estaba ocupado por huertos. Uno de ellos se caracterizaba por contener las norias de agua más grandes de todo el barrio, de ahí que popularmente esta calle fuese también conocida como La Sínia (la Noria). Otra denominación popular era “el carrer Fernandu dels pobres” porque se comparaba con la calle de Fernando, donde vivía gente distinguida y acomodada. Para la prolongación del vial hasta la calle del Carme se procedió al derribo del antiguo convento de las Capuchinas. Para la apertura del tramo superior, que actualmente es más ancho, se derribó parte del convento de Santa María de Valldonzella. Eso sucedió en 1862. Hoy día en la entrada de la calle de Valldonzella se puede apreciar el portal del monasterio de Nazaret.


La calle de Poniente se caracterizaba por unas edificaciones de más calidad en relación a las viviendas de las calles colindantes. Un elemento arquitectónico típico eran las rejas de hierro situadas encima de las puertas de las escaleras, algunas de las cuales ostentaba el año de construcción de la finca. Otra característica era el fuerte carácter comercial con muchas tiendas que ofrecían productos de calidad, de ahí que fuese muy concurrida. Algunos establecimientos populares fueron la Vaquería del Cap de Bou, la Herboristería Cal Juleper, la Barbería d’en Jordi, la Taberna de Cal Jaume, la tienda de cigarros de contrabando (elaborados con hoja de tabaco y de patatera) conocida como Can Pam i Mig, y la Mercería conocida como Cal Nanus (donde se vendían caretas para carnavales). En 1846 abrió sus puertas la Ferretería Vert, en 1860 lo hizo el bar modernista Casa Almirall y en 1871 la lechería Granja de Gavà.


A nivel social, era una calle muy revolucionaria, pues a lo largo del siglo XIX fueron numerosas las barricadas que se levantaban para manifestaciones obreras y protestas por razones laborales, sociales, políticas y religiosas. Destacó la revuelta de 1823 contra las fuerzas absolutistas y la revuelta contra la celebración del Rosario de la Aurora en 1868, siendo este segundo acontecimiento el que acuñó la expresión popular de “acabar como el Rosario de la Aurora”. El refranero barcelonés decía que “el carrer de Ponent, bon carrer i mala gent”, e incluso era también popularmente conocida como “calle de las Barricadas”.
Ya en el siglo XX, el 3 de enero de 1909 se abrió en el número 68 de la calle esquina con Torres Amat el Centro Aragonés, que desarrollaba actividades culturales similares a las de los ateneos, excursionismo, labores sociales y obras de beneficencia. Aquel año coincidió con la Semana Trágica, por lo que esta calle volvió a ser nuevamente escenario de revueltas y barricadas como era tradición.


El año 1912 fue tristemente conocido por los desgraciados acontecimientos protagonizados por Enriqueta Martí, la apodada “vampira de Poniente” secuestradora y asesina de niños que durante tanto tiempo aterrorizó al vecindario del barrio.
En 1914, en la planta baja del edificio del centro Aragonés se inauguró el teatro Goya, que junto con la sala de baile La Paloma y otros locales de fiesta situados en las rondas de San Antonio y de San Pablo convirtieron el barrio en un centro de ocio nocturno.
El 30 de mayo de 1923, a petición del Centro Aragonés, el Ayuntamiento de Barcelona accedió a cambiar el nombre de la calle de Poniente por el de Joaquín Costa (Monzón 1846 - Graus 1911). Político, jurista, economista e historiador aragonés, fue un personaje ilustre muy importante para la sociedad aragonesa, el mayor representante del Regeneracionismo, conocido por su lema “Escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid”.


Durante los años de la II República, la calle de Joaquín Costa fue la sede de diversas delegaciones de partidos políticos, la mayoría de izquierdas, obreristas y catalanistas. El 9 de agosto de 1933 abrió en el número 22 el Centro Gimnástico Barcelonés, entidad deportiva fundada por iniciativa de un grupo de administrativos, sastres, electricistas, torneros, albañiles y dependientes de comercio. Alcanzó la cifra de 230 socios y de allí salieron deportistas que destacaron en atletismo, lucha, gimnasia y montañismo.
Al estallar la Guerra Civil la calle volvió nuevamente a ser espacio de barricadas con el arranque de los adoquines de la calzada. El edificio del Centro Aragonés fue ocupado sucesivamente por el Comité Revolucionario de Servicios Públicos y el Sindicato Único de Espectáculos Públicos.


Bajo el período franquista, esta arteria barcelonesa vivió una lenta etapa de decadencia y degradación a pesar de la restitución de la vida social y comercial. En el número 37, justo encima de la Granja de Gavà cuando todavía era una lechería, nació el escritor Terenci Moix. Durante las décadas de 1960 y 1970 muchos locales, básicamente antiguos comercios familiares, fueron cerrando sus puertas y solo sobrevivieron los más emblemáticos.
Llegada de la Democracia, con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992, entre las diversas reformas acaecidas en el barrio del Raval, se procedió a una remodelación de la calle, mediante la sustitución del adoquinado por conglomerado asfáltico y la renovación de las aceras laterales. Asimismo, diversos edificios fueron rehabilitando sus fachadas dentro de la campaña “Barcelona posa’t guapa” contribuyendo a eliminar la imagen gris de antaño. Sin embargo, todavía existía el problema de la prostitución callejera que contribuía a ofrecer una imagen degradada especialmente por el tipo de clientela. A finales de la década de 1990 y durante la primera década del nuevo siglo XXI el fenómeno de la inmigración trajo una nueva clase de vecinos que han otorgado tanto al barrio en general como a esta calle en particular un aire cosmopolita y multicultural. La comunidad filipina y paquistaní es la más numerosa, y su presencia ha significado la apertura de nuevos comercios alimentarios, bazares, colmados y restaurantes especializados en comida típica de sus países.


Finalmente, con el propósito de recuperar la calle como eje comercial y de ocio el Ayuntamiento de Barcelona procedió a su reforma y peatonalización, renovando el mobiliario urbano (iluminación, papeleras) y la red de alcantarillado así como la incorporación de contenedores fijos de recogida neumática, bancos y árboles. Asimismo se estimuló la apertura de nuevos comercios y locales de ocio que han otorgado una destacada vida social tanto de día como de noche. La fiesta de inauguración se celebró el 26 de febrero de 2011. Actualmente es una de las calles más interesantes del Raval para visitar, no solo porque se ubica nuestra tienda de periódicos antiguos (parada imprescindible) sino porque ofrece muchos atractivos que invitan al paseo ciudadano.


LA PORTADA DE LA SEMANA. Veraneo en el siglo XIX


La presente portada se corresponde a un ejemplar de la revista NUEVO MUNDO fechada el 12 de julio de 1899. En ella se aprecian unos viajeros tomando el tren para pasar unas vacaciones. En aquellos tiempos hacer eso era un lujo permitido únicamente a la gente de mayor poder adquisitivo. Afortunadamente ello forma parte del pasado y la gran mayoría podemos disfrutar de unos días en la playa, el campo o de viaje a un lugar desconocido.
Y es que en el siglo XIX el turismo en España fue un fenómeno minoritario, pero es en dicho siglo cuando se asentaron las bases del desarrollo turístico español del siglo XX.  En un momento en que el paradigma higienista estaba plenamente implantado, el liberalismo consiguió triunfar finalmente, se produjo una clara expansión del capitalismo y la sociedad experimentó importantes cambios, la demanda de servicios turísticos aumentó, lo que motivó que la oferta también se incrementara, iniciándose las primeras inversiones en los balnearios y estaciones de baños de ola.


España experimentó una auténtica invasión de personajes más o menos singulares –literatos, pintores o simples burgueses hastiados de su vida anodina–, llegados de lugares como Francia, Inglaterra, Alemania o incluso Estados Unidos. Todos ellos recalaban en nuestro territorio atraídos por la avalancha de textos que describían a España como un enclave exótico, con paisajes y habitantes más propios de Oriente, que vivía anclado en un modo de vida casi medieval. Así fue como se forjó el mito de la España romántica, un lugar casi mágico en el que era posible vivir en carnes propias un sinfín de aventuras, rodeados por una variada galería de tipos españoles que incluían desde el temible bandolero hasta la sensual y misteriosa gitana, pasando, cómo no, por el torero y la manola .
La curiosidad por la otredad, en una época en que lo exótico, lo fantástico y lo insólito contribuyeron de manera decisiva, a un nuevo imaginario colectivo que produce un extraordinario aumento de “notas”, diarios, epistolarios, guías y memorias de viajes.


En los relatos de los viajeros que recorrieron España durante la primera mitad del siglo XIX, se encuentran muestras elocuentes de un nuevo modo de entender el paisaje asociado al romanticismo. Aportan percepciones y vivencias interesantes del paisaje natural (marcando sus contrastes fundamentales y destacando sus notas distintivas) y del paisaje humanizado (proporcionando valiosas interpretaciones sobre el trazado tradicional y los componentes cualitativamente más apreciables de las ciudades), y con todo ello se elaboran imágenes y valoraciones con amplias resonancias geográficas. Los relatos de los viajeros románticos inician en España un modo de entender el paisaje que anuncia y anticipa en gran medida las perspectivas de la consideración moderna, desarrollada con posterioridad, de la realidad geográfica española.
El fenómeno del veraneo no fue masivo hasta después de la I Guerra Mundial. La causa principal fue la implantación de las vacaciones pagadas y, años después, la proliferación de una nueva clase media.